viernes, 23 de marzo de 2012

I can't try to save myself an y more

Quizá no lo entiendan. Algunos esperan milagros, otros esperan a alguien, algunos esperan dinero, otros simplemente no esperan. Y sí, pasé por todas y cada una de esas etapas. Esperé un milagro y hace cuatro meses me encontré rezando en quién sabe donde. Esperé dinero y esperé material, pero al fin y al cabo nada de lo que me hizo esa espera fue beneficiario para mí como persona. Esperé personas y lo hice hasta enloquecer, hasta quedarme sin lágrimas, lo hice y no me arrepiento. Soy más fuerte y paciente que hace algunos años atrás. Pero hoy me encuentro en una de las esperas más estúpidas de mi vida: espero que, básicamente, me traten bien. Espero un abrazo cuando esté sentada leyendo lo que sea, no cuando estoy a punto de caerme en ese pozo, ni cuando me agarra un ataque de pánico, ni cuándo no quiero que me abracen porque no quiero que me salven ni me rescaten de el vacío al que estoy constantemente a punto de caer. Necesito un mimo. Necesito sonrisas, necesito todo lo que me daba papá. No necesito victimas, necesito que me expliquen las cosas tres veces, y necesito que ENTIENDAN que NO TENGO GANAS DE HACER NADA. No quiero ver a ningún flaco, no tengo ganas de empezar el gimnasio ni tengo ganas de organizar una fiesta de egresados, no tengo ganas de ir al colegio y me pone mal que me digan que no estoy yendo, porque ya lo sé, porque lamentablemente mis neuronas todavía realizan conexiones y me doy cuenta cuando falto y cuando no. No tengo ganas de calmar las lágrimas de alguien que llora por algo que no es honesto. No tengo ganas de caerle bien a nadie y tampoco tengo ganas de sonreír. BASTA de buscarme defectos, de decirme que saque la cara de orto, basta de marcarme los errores, basta de decirme que soy una dramática porque las cosas me molestan mucho, o por decirme que soy una enferma por las cosas que hago. BASTA de intentar decirme que lo que hago después de lo que pasó con mi viejo es demasiado, basta de decirme que SIGA. BASTA DE ECHARME LA CULPA DE LAS COSAS. Basta de imponerme ante mi futuro, basta de querer que estudie o que sea algo que NO SOY. No puedo salvarme yo misma, se supone que las personas que me rodean me ayudarían, pero los más importantes son lo que MÁS ME LASTIMAN.

viernes, 16 de marzo de 2012

Then, I flew home.

Desperté y me di cuenta de que ya era tarde. Quizá que haya sido tarde fue un mensaje, las conclusiones son para los idiotas, y repito esa frase más de las veces que debería repetirla. Salí en busca de eso que quería hace meses, con la sensación de que no iba a estar, con el presentimiento de que todo iba a salir mal. De todas formas, me vestí y me fui. Caminaba con los auriculares puestos, un hombre me frenó y me dijo que era de un centro de rehabilitación para adictos al paco, y al mismo tiempo un hogar de personas infectadas con HIV, seguido a todo, me dijo que tenía lindos ojos, no sé si para ganarme o para qué, simplemente agradecí, y no corrí como los demás, estiré mi mano, como de costumbre, porque cuando te das cuenta de que todo es cierto no podes correr, no te podes alejar, porque no sabes si mañana te puede pasar a vos, o peor, a alguien a quién amás. Me dio un papel, y me dijo "que Dios te bendiga", y lo miré fijo a los ojos, sin miedo, sin ese temor que te dan las personas que son paqueras o tienen SIDA, lo miré a los ojos, me dijo que mire dentro del papel y que eso me iba a ayudar para no terminar como él... Sonreí y me fui. Adentro del papel, una estampita enorme de no sé quién, porque mi no creencia me llevó a la mismísima ignorancia. Lo miré como por diez segundos, parada en medio de la calle. Tuve relativamente suerte, obtuve todo lo que quería, sin rodeos. Cuando subí al colectivo, me senté en cualquier asiento, pero la magia ocurrió después.
Es normal que al subir al colectivo siempre me quede mirando a alguien, no importa quién, no importa el sexo ni la edad, y me quede observando sus formas de hablar, de mirar, de mover las manos, una costumbre bastante psicótica. Hoy la víctima fue un chico de apróximadamente 25 años, con barba y pelo corto, ni alto ni petizo, ni gordo ni flaco, de esas personas que te cruzás en plena Santa Fé y es un espectro que no observas, de esas personas que pasan desapercibidas, que no llaman la atención. Una cicatriz recorría toda su nuca, no en forma de accidente, en forma de cirugía. Y eso fue lo que hice todo mi viaje, observarlo. Observarlo, y nada más. De fondo, el sonido que emitían mis auriculares, que no llegaban a ser música, porque no les presté atención. Subió donde papá se bajaba cuando volvíamos de donde yo volvía, siempre cierro los ojos cuando paso por ahí, siempre, hoy no.
En lugar de ojos, tenía dos milagros color avellana, y cuando pestañeaba había un sismo en esa mirada. Lo vi bostezar, lo vi haciendo algún ritmo con los pies, lo vi mirarme, lo vi mirarme con una constancia que me ponía nerviosa, de reojo, diréctamente, y ni bien subió. Cuando me paré a bajarme, también se paró. Y terminó todo. Porque todo siempre tiene un final, y este era claro, y ni bien subió supe que cuando llegue a mi parada se terminaba todo, pero eso no importó en ningún momento, bajé y lo vi bajar, caminé hacia la misma dirección que el caminaba, aunque ese no era mi camino, pero no había recorrido ni un metro cuando lo perdí, luego de cinco segundos de haber bajado, lo perdí, no estaba más, había desaparecido. Me quedé parada en un punto fijo y pensando en todo y nada. Era un ángel.

lunes, 12 de marzo de 2012

Mi vida hoy.

Eso que se da y no, esas noches sin sentido, darlo todo sin un precio, y equivocarme, equivocarme como siempre. Mantenerme 36 horas pensando en un ser que solo dio a conocer su nombre. ¿Que hago pensando en el? Por favor, me siento básica. Las cosas que quieren pero a la vez no, el colegio que se vuelve insoportable. La gente acumulada, el rechazo de todos ante todo, y de mi hacia lo de siempre. Las horas en el baño, las lagrimas cuando caigo en la realidad, y ser todo lo que nunca quise ser.