Desperté y me di cuenta de que ya era tarde. Quizá que haya sido tarde fue un mensaje, las conclusiones son para los idiotas, y repito esa frase más de las veces que debería repetirla. Salí en busca de eso que quería hace meses, con la sensación de que no iba a estar, con el presentimiento de que todo iba a salir mal. De todas formas, me vestí y me fui. Caminaba con los auriculares puestos, un hombre me frenó y me dijo que era de un centro de rehabilitación para adictos al paco, y al mismo tiempo un hogar de personas infectadas con HIV, seguido a todo, me dijo que tenía lindos ojos, no sé si para ganarme o para qué, simplemente agradecí, y no corrí como los demás, estiré mi mano, como de costumbre, porque cuando te das cuenta de que todo es cierto no podes correr, no te podes alejar, porque no sabes si mañana te puede pasar a vos, o peor, a alguien a quién amás. Me dio un papel, y me dijo "que Dios te bendiga", y lo miré fijo a los ojos, sin miedo, sin ese temor que te dan las personas que son paqueras o tienen SIDA, lo miré a los ojos, me dijo que mire dentro del papel y que eso me iba a ayudar para no terminar como él... Sonreí y me fui. Adentro del papel, una estampita enorme de no sé quién, porque mi no creencia me llevó a la mismísima ignorancia. Lo miré como por diez segundos, parada en medio de la calle. Tuve relativamente suerte, obtuve todo lo que quería, sin rodeos. Cuando subí al colectivo, me senté en cualquier asiento, pero la magia ocurrió después.
Es normal que al subir al colectivo siempre me quede mirando a alguien, no importa quién, no importa el sexo ni la edad, y me quede observando sus formas de hablar, de mirar, de mover las manos, una costumbre bastante psicótica. Hoy la víctima fue un chico de apróximadamente 25 años, con barba y pelo corto, ni alto ni petizo, ni gordo ni flaco, de esas personas que te cruzás en plena Santa Fé y es un espectro que no observas, de esas personas que pasan desapercibidas, que no llaman la atención. Una cicatriz recorría toda su nuca, no en forma de accidente, en forma de cirugía. Y eso fue lo que hice todo mi viaje, observarlo. Observarlo, y nada más. De fondo, el sonido que emitían mis auriculares, que no llegaban a ser música, porque no les presté atención. Subió donde papá se bajaba cuando volvíamos de donde yo volvía, siempre cierro los ojos cuando paso por ahí, siempre, hoy no.
En lugar de ojos, tenía dos milagros color avellana, y cuando pestañeaba había un sismo en esa mirada. Lo vi bostezar, lo vi haciendo algún ritmo con los pies, lo vi mirarme, lo vi mirarme con una constancia que me ponía nerviosa, de reojo, diréctamente, y ni bien subió. Cuando me paré a bajarme, también se paró. Y terminó todo. Porque todo siempre tiene un final, y este era claro, y ni bien subió supe que cuando llegue a mi parada se terminaba todo, pero eso no importó en ningún momento, bajé y lo vi bajar, caminé hacia la misma dirección que el caminaba, aunque ese no era mi camino, pero no había recorrido ni un metro cuando lo perdí, luego de cinco segundos de haber bajado, lo perdí, no estaba más, había desaparecido. Me quedé parada en un punto fijo y pensando en todo y nada. Era un ángel.
viernes, 16 de marzo de 2012
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