A veces estoy a cara de perro con hambre, otros días me enojo conmigo porque no entiendo para dónde va mi vida, a veces me aburro de la rutina y me enojo conmigo por erigirla (uno elige ser rutinario). Y todavía las situaciones no se dan y estoy a la expectativa de una buena, pero siguen las malas. Y es el mejor momento para aplicar positivismo. Porque siempre puede ser peor. Me da asco y vomito sobre las frases hechas, el cliché, los refranes. Pero es verdad, es puramente verdad. Siempre puede ser peor. Hace meses caminé sobre lo peor, salté sobre vidrio roto y todavía tengo los pies lastimados, pero ya está, ya pasó, ya es otra la etapa y es otra la expectativa.
Quizá a mi presente le falte de todo. Un poco más de mates, abrazos, música, risa, tiempo (si es que existe), valor, sueños, recitales, entre millones de cosas que faltan. Porque falta (mucho). Pero también falta (mucha) vida, faltan cosas por vivir. Algún día supo decirlo mi viejo y ahora lo tengo grabado en la piel para siempre. Pocos años caminados como para tener que especular como una mina de 50. Me faltan 32 años para tener que especular como una mina de 50. Me falta mucho.
El positivismo es el opio del siglo XXI. Sin embargo, es difícil, en algún momento, no caer en él. Hay que entregarse lo justo y necesario. Al positivismo y al realismo, también.
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