viernes, 9 de noviembre de 2012

Control

No es extraño que en cada canción que escriba se encuentre en cualquier parte de algún estribillo perdido, la palabra "miedo". Me han entregado esa libertad que cualquier adolescente de dieciocho años quiere tener, me han entregado ese anhelo estúpido, y no puedo ser libre porque el temor me consume, no me libero, estoy encadenada por mi mismísima mente. 
No poder disfrutar de esa magia por temerle a lo efímero. "¡Andá y viví!" supo decirme mi papá, como anticipándose, sin saber, a lo que me convertiría. "Dejá de intentar controlar cada evento de tu vida", mi psicóloga. "Te va a salir la bala por cualquier lado, menos por dónde vos quieras que salga", mi mamá. "Sos una pelotuda", mi hermano.
18 grados acarician cada parte de mi cuerpo, mis auriculares no me permiten disfrutar de cada gota que choca contra el piso. La soledad está sentada en el living de mi casa, me encerré en mi habitación para poder escribir, para poder leer esos libros de los que me privé durante mucho tiempo, para poder escuchar un poco a Drexler y para pensar en todo lo que no debería ser. Mi ventana está mojada, siento que estoy en otoño y estoy feliz. Pero para estar feliz no hace falta sonreír, ¿no?. 
Estoy pagando ese karma que me lastima por quererme tan poco, mi propio karma. Ni siquiera creo en ese ida y vuelta, ya no sé en qué creo, ya no sé si lo que hago es intentar creer en algo para que no muera nada en mi interior. ¿Hace falta creer en algo? ¿Hace falta vivir hoy? ¿Es necesario salir a la calle? ¿No puedo quedarme en la seguridad de mi propio encierro?
Una mina de 18 años estaría planeando una salida a un boliche con gente meneando canciones que, si las escuchamos detenidamente, no tienen sentido. Tampoco quiero ser parte. Estoy bien así. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario