martes, 1 de mayo de 2012

Cómo dejar de existir y sobrevivir en el intento.

Buscar algo que es tan inalcanzable y tan fugaz como una estrella debe tener su parte sádica y sabríamos que dejaría cicatrices. Lo efímero rige en mi vida desde hace años, siempre me voy a quejar, creo que el día que aprenda a familiarizarme con eso o a sacarle un provecho... hasta ese día me va a dar vueltas como un pez demente que habituó mi cabeza como su pecera, como su hogar para siempre. A todos les importa un poco poco, mucha risa y mucha indignación, mucha dejadez. La decisión de dejar de dejar de levantarse es heavy como la mismísima acción de levantarme, es insoportable. Ya me acostumbré a la falsa sonrisa, al beso sin amor, me acostumbré a contestar mal, a hacer cosas de mala gana, a actuar como si dentro de mí no existiera alma alguna, a no mirar más películas, me acostumbré a irme de casa tres noches por fin de semana, me acostumbré a la resaca, me acostumbré a existir y a no vivir, porque el dolor es insoportable, por que los rastros de felicidad o de salvación son tan momentáneos como la posibilidad de estar bien, que a veces resucita en mi cabeza para obligarme a mí misma a salir, pero todos, todos, todos sabemos que falta demasiado para acostumbrarme a la idea de que tengo que mantenerme viva porque hay algo que sigue, y es la mismísima vida, son los mismísimos instantes que siguen recorriendo el reloj de una forma tan suicida que se convierte en locura, en enfermedad.

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